De niño padecí la insistencia machacona de unos padres que creían, como muchos de los papás de mi generación, que la educación era la llave de oro que abriría las puertas del futuro. Muchas veces escuché algo como esto: “Nada te puedo dejar más que la educación”. Ahora bien, estos tiempos que vivimos me obligan a repensar todo aquello y reflexionar un poco más en esta supuesta relación causal entre el estudio y el éxito material.
Según la OCDE, México es el país que se ubica en la tercera posición en cuanto a su producción de “Ninis” (7 millones 226 mil jóvenes de entre 15 y 29 años) se refiere; es decir, hay una gran cantidad -una enorme cantidad- de muchachos que se encuentran detenidos en una suerte de limbo existencial: ni estudian ni trabajan. Esto es lamentable por donde se le vea, pues implica mucho talento que se derrama diariamente hacia las coladeras de la historia nacional. No es muy difícil darse cuenta de que muchos de esos muchachos han pasado por un proceso educativo sostenido; muchos de ellos –entre los cuales debo contar a familiares y conocidos- han concluido satisfactoriamente sus estudios universitarios, sin embargo, batallan día a día para escaparse de tan ominosa estadística.
El ser un profesionista, es decir, una persona con grado de licenciatura, no es, hoy en día, garantía de nada. Los estudios formales no garantizan movilidad social en una realidad como la nuestra, domeñada por un imperativo económico brutal, de expoliación y especulación, que ha mandado la idea del desarrollo humano a los sótanos del tiempo. El mundo de hoy no necesita académicos sino obreros. Quienes ejercen de regentes planetarios han entendido muy bien esta regla de oro.
Hay otro elemento que quisiera traer a colación: la vocación. No todas las personas nacieron con los talentos requeridos para transitar por un proceso de alta especialización educativa; por ejemplo, he conocido a muchachos con un gran talento para hacer negocios y que no encuentran el ambiente de las aulas universitarias particularmente propicio. Estos muchachos también se encuentran en riesgo de formar parte de la “niniestadística”, pues las condiciones económicas (que lo diga mejor quien lo haya vivido en propia carne) son cada vez más críticas. Un dato espeluznante: de cada cien nuevas empresas formadas en México, sólo dos habrán de llegar a apagar la primera velita sobre el pastel. ¿Y las otras noventa y ocho ilusiones? ¡Al territorio Nini!
Entre las personas que poseen un título, como he dicho, las cosas no van mejor. Dos síntomas nos lo anuncian claramente, primero: la proliferación nacional de “escuelas patito”, en las que se dice educar y se entregan títulos de posgrado como si fueran volantes. Quienes atienden a estas instancias no tienen el más mínimo interés académico, pero han entendido que un título de maestro o doctor, por chafa que éste sea, de algo ha de servir. Segundo: el número de estudiantes que han salido del país para realizar un posgrado en el extranjero y que han decidido quedarse en el exilio, se ha incrementado del 1.5 % al 15% en cosa de una década. ¿Qué tal?
Me queda claro que no todos los Ninis lo son porque deseen serlo, sino porque no pueden dejar de serlo. Sólo puedo imaginar el agobio, la frustración y el sentimiento de impotencia que debe experimentar alguien que desee incorporarse a la fuerza laboral de su país y que, a pesar de realizar esfuerzos ingentes, nomás no lo consigue. Ahí hay una deuda de la nación, un agravio que terminará por llenar muchos corazones con los amargos e hirvientes caldos de la ira.
No creo que estudiar sea ya el camino seguro al éxito social, pero no encuentro, por más que lo busco, algún otro. Pasamos de una realidad en la que había una ruta segura a esta otro escenario, en el que todo es ambiguo, incierto, desesperado. Como ya lo he dicho antes, practico el squash, deporte demandante y divertido donde los haya, y tengo algunos compañeros de juego que son economistas. Uno de ellos me dijo hace algunos meses: “Lo terrible es que haya políticos que le hagan creer a la gente que el mundo, superada la crisis económica, volverá a ser lo que era”. Infiero, pues, que debemos prepararnos para administrar la indigencia.