He decidido, amigos, escoger un formato sencillo para este blog. Después de haber sido utilizado para compartir trucos con amigos interesados en el blogging, me pongo a escribir en él como si fuera un cuaderno, mi cuaderno. El blog es verdaderamente una magnífica oportunidad para practicar y mejorar nuestra escritura. Alguna vez alguien me preguntó por qué era importante escribir bien. La persona que hizo tal pregunta alegaba, además, que lo fundamental eran las ideas. Yo creo que una cosa lleva a la otra: escribir bien es pensar bien. Quien se esfuerza por redactar con claridad, al mismo tiempo es capaz de refinar sus propias ideas y conceptos.
Lo que aquí voy escribiendo no obedece a un programa específico, sino a un mero ejercicio de reflexión y redacción. No pienso en lectores, pero no me ruboriza el hecho de que eventualmente haya alguno. El objetivo, pues, es ensayar en las mejores posibilidades de la composición.
Como todo ser humano, tengo opiniones sobre lo que nos rodea, lo que veo y que en cierta medida me determina. También, como toda persona, en múltiples ocasiones arrojo la mirada hacia el mundo interior para indagar en esa realidad trascendente, inasible e infinita que desde que era niño me ha intrigado; es decir, mis palabras van de lo público a lo privado, de la prosa al verso, de lo social a lo íntimo. Me siento cómodo, muy cómodo, en la analogía. Aristóteles me enseñó a vivir de esa manera.
Muchas obligaciones me impiden la constancia virtual, es cierto. Nada quisiera más que tener todo el tiempo del mundo para escribir, desarrollar guiones, grabar podcast y vodcast, hacer redes y más redes de relación, escucha y colaboración con muchas buenas personas alrededor del mundo; la verdad es que no puedo. Mi prioridad es atender el aula, mi discurso académico y, en un lugar no menos importante, la convivencia con la familia. Explicado lo anterior, quede, a manera de disculpa anticipada, la advertencia de mi dolorosa y necesaria inconsistencia.
Les mando un gran abrazo.